El conflicto interno de mantener la bondad frente a la adversidad es un dilema que define la experiencia humana moderna. Es momento de preguntarnos: ¿vale la pena ser «buena persona» y complacer a otros a costa de nuestra salud emocional?
Por Genaro Mejía
Puntos clave del siguiente artículo:
- Es momento de cuestionarnos el costo emocional de reprimir el enojo y el agotamiento que proviene de ser personas altamente complacientes.
- Hoy cada vez más autores, series y películas exploran este dilema moral de la empatía extrema y la liberación que conlleva atreverse a poner límites.
- La verdadera paz interior implica poner límites y construir una narrativa donde cada uno es el protagonista de su historia.
Te esfuerzas toda tu vida por ser una ‘persona de bien’ porque así te enseñaron tu mamá y tu papá, pero para lograrlo pasas por maltratos, traiciones, burlas y humillaciones.
¿Hasta cuándo vas a soportar?
¿Cuál es el costo de ser una buena persona?
Pese a todo lo que he pasado en la vida, nunca he dejado de ser una “buena persona”, pero muchas veces estoy harto de serlo.
“Las personas empáticas suelen decir que no sienten enojo. Sin embargo, años reprimiendo esa emoción natural pueden hacer que el enojo se desvíe y estalle como una furia volcánica”, explica el profesor Tempest, un personaje de una serie de HBO Max, experto en criminología.
Y tú, ¿eres de lo que aguanta todo o estás a punto de estallar?
¿No estás harto de ser buena persona?
Las luces centelleantes y las sirenas ensordecedoras de una patrulla rompieron el silencio de aquella mañana tranquila de domingo frente a mi casa. Tenía apenas ocho años cuando vi cómo dos policías golpearon a mi papá en la espalda, lo jalaron del cabello y lo metieron a empujones dentro del vehículo.
No tenía idea de lo que estaba pasando. Sentí miedo, rabia y mucha impotencia al ver cómo lo trataban, sin poder hacer nada.
Más tarde me enteré que un vecino, a quien mi papá trató siempre de forma amable, lo había denunciado por rayar su coche la noche previa, cuando regresaba de tomar unos tragos con sus amigos. Era un asunto que se podía arreglar de forma simple, hablando y pagando la reparación del daño, pero no: al señor se le dio la gana meter a mi padre a la cárcel por varias horas.
Lo más sorprendente para ese niño de ocho años y para este adulto de 50 que soy ahora fue que, después de ese horrible incidente, mi papá le siguió hablando al mentado vecino como si nada hubiera pasado.
Ser una persona «decente» ¿a qué costo?
Esta anécdota refleja muy bien la manera en que fui educado para ser siempre, pasara lo que pasara y a cualquier precio, una “buena persona”. Por eso me identifiqué mucho con el protagonista de la serie polaca Un hombre decente, de HBO Max, donde los valores de un médico son puestos a prueba de muchas maneras.
Al final, le he sido fiel a esas enseñanzas: desde niño aguanté burlas y humillaciones, mientras que de adulto he soportado maltratos y traiciones… Y sí, pese a todo, no he dejado de ser una “buena persona”, pero muchas veces estoy harto de serlo.
«Las personas empáticas suelen decir que no sienten enojo. Sin embargo, años reprimiendo esa emoción natural pueden hacer que el enojo se desvíe y estalle como una furia volcánica”, explica el profesor Tempest, un personaje de otra serie de HBO Max, experto en criminología.
Al ver estos dos programas en la TV me volví a preguntar cómo ha hecho mi padre a sus 81 años para mantener siempre esa sonrisa, esa bondad y ese espíritu altruista intactos porque yo muchas veces siento que voy a estallar frente a las injusticias del mundo.
“La empatía es una gran cualidad. Nos hace humanos, amables, generosos. Pero tiene un lado oscuro: cuando las personas muy empáticas ven una gran injusticia, esas cualidades positivas, se vuelven negativas”, vuelve a explicar el profesor Tempest.
Oscuridad en la empatía
¿Qué hay detrás de esta empatía y amabilidad a costa de todo? ¿Por qué aguantamos malos tratos y groserías de la gente? Tal vez sea la necesidad de comunicarnos con “el otro”, de pertenecer y ser aceptado por el grupo, como explica el experto en mindfulness y manejo de estrés Ángel López en un episodio de su podcast Vivir con Ángel.
En el fondo, la verdad es que no nos sentimos suficientemente buenos para los demás, por eso nos esforzamos en “agradar”, aunque esto nos lleve a soportar los dolores de estómago y de cabeza después de tragarnos los corajes. No nos permitimos estallar.
Pero el interés empático, como la capacidad de entender lo que la otra persona necesita de ti (como lo conté en una entrega anterior) no debería ser a costa de tu paz y tu tranquilidad.
“Este código moral inconsciente o sutil de querer ser bueno y ser percibido como virtuoso es en realidad una de las formas más limitantes, sofocantes y amenazantes de vivir la vida”, dice la coach Catherine Andrews.
Aprender a poner límites, el antídoto para la complacencia extrema
Tal vez la única forma real de libertad sea dejar de complacer a todos y solo complacerte a ti: poner límites a toda situación o persona que te incomode o te lastime, dejar de decir que “sí” cuando no quieres hacerlo, dejar salir tu enojo cuando alguien fue injusto contigo.
Como lo cuenta Kaothar Kadir en su newsletter, hay que aprender que está bien no ser buena persona.
Me gustaría regresar a ser ese niño de ocho años mirando la escena de mi papá siendo apresado y tratado de forma injusta para decirle (y decirme a mí mismo) que no debe dejar que nadie abuse de él, que aunque muchas personas te descuiden y lastimen, tú no debes olvidarte nunca de ser bueno contigo mismo… aunque decepciones a todos.
Este dilema sobre el costo de la bondad y la necesidad de establecer límites no es solo una reflexión personal, sino un arquetipo de conflicto que resuena profundamente en cualquier audiencia. Ha llegado la época de las narrativas inteligentes y poderosas que cuestionen este y otros dilemas importantes.
En Storyshake Studio creemos que la autenticidad y la profundidad son esenciales para cualquier comunicación corporativa efectiva.
Nuestra misión es ayudar a las empresas a contar su historia con este nivel de inteligencia, transformando conceptos complejos o valores de marca en narrativas que no solo informen, sino que inviten a la reflexión y generen una conexión emocional duradera.

