Durante años nos enseñaron que estudiar, conseguir un buen empleo y ser leales a una empresa era la ruta hacia la estabilidad. Pero entre IA, burnout y despidos, quizá lo que de verdad asusta al Godínez ya no sea perder el trabajo, sino descubrir cuánto de su identidad y de su futuro dependían de él.
Por Genaro Mejía
Hace cinco años anuncié el fin de la era de los Godínez.
Era febrero de 2021. La pandemia había vaciado las oficinas, millones de personas trabajaban desde sus casas y yo estaba convencido de que el empleado tradicional, ese que esperaba instrucciones de su jefe, cumplía horarios y vivía pendiente de la quincena, tenía los días contados.
Me equivoqué. O, mejor dicho, no entendí del todo quién estaba matando a los Godínez.
Pensé que desaparecerían porque las empresas ya no necesitarían trabajadores pasivos. Hoy comienzo a sospechar que están desapareciendo porque los propios trabajadores están dejando de creer en las empresas.
Los números cuentan parte de la historia. Según el informe State of the Global Workplace 2026, de Gallup, apenas 20% de los empleados del mundo está comprometido con su trabajo. En México, la cifra llega a 29 por ciento. Y algo todavía más revelador: el compromiso de los gerentes cayó de 31% en 2022 a 22% en 2025.
¿Cómo esperamos que los líderes inspiren a sus equipos cuando ellos mismos están perdiendo la motivación?
Pero sería injusto confundir falta de compromiso con flojera. Hay millones de personas agotadas por cargas laborales excesivas, liderazgos deficientes y una presión constante por producir más con menos. La Organización Mundial de la Salud reconoce el burnout como un fenómeno asociado al estrés laboral crónico que no ha podido gestionarse de forma adecuada.
Mientras tanto, las empresas parecen estar rompiendo la otra mitad del pacto.
Durante décadas nos enseñaron que la fórmula era sencilla: estudia, consigue un buen empleo, trabaja duro, sé leal y tendrás estabilidad. Hoy vemos organizaciones que despiden a miles de personas mientras anuncian inversiones millonarias en inteligencia artificial. Solo entre enero y julio de 2026, empresas estadounidenses atribuyeron más de 112,000 recortes de puestos de trabajo a la IA, según Challenger, Gray & Christmas.
No todos esos empleos fueron sustituidos por algoritmos. Pero el mensaje para los trabajadores resulta difícil de ignorar: puedes entregar años de tu vida a una organización y descubrir, de un día para otro, que tu puesto ya no forma parte de sus planes.
Y aquí aparece un problema todavía más profundo.
Nos acostumbramos tanto a decir “soy director de tal empresa” o “soy gerente en tal corporativo” que terminamos confundiendo nuestro cargo con nuestra identidad, nuestra antigüedad con nuestra seguridad y el prestigio de una marca con nuestro propio valor profesional.
¿Qué queda de nosotros cuando desaparece el nombre de la empresa que aparece debajo del nuestro en LinkedIn?

En 2021 propuse que el Godínez debía evolucionar hacia lo que llamé homopreneur: alguien que dejara de esperar instrucciones y comenzara a pensar y actuar con iniciativa emprendedora. Sigo creyendo en esa transformación, pero hoy pienso que necesitamos ir más lejos.
El filósofo Nassim Nicholas Taleb tiene un concepto que me gusta mucho: antifrágil. Lo frágil se rompe ante los golpes. Lo resiliente resiste y se recupera. Lo antifrágil es capaz de beneficiarse de ciertas formas de incertidumbre y salir fortalecido.
No significa que perder un empleo sea una bendición ni que debamos agradecer las crisis. Significa construir una vida profesional que no dependa de una sola empresa: desarrollar criterio, conocimientos, relaciones, reputación y la capacidad de crear nuevas oportunidades.
Porque nuestro empleo es el trabajo que tenemos hoy. Nuestro valor profesional es lo que podemos seguir aportando mañana, incluso cuando ese empleo desaparezca.
Tal vez la verdadera muerte de los Godínez no ocurrirá cuando desaparezcan las oficinas, los horarios o los jefes. Ocurrirá cuando dejemos de creer que nuestra identidad y nuestro futuro dependen del nombre de la empresa que nos contrata.
Porque una cosa es perder tu empleo. Otra muy distinta es perder, junto con él, la historia de quién eres.

